domingo, 8 de mayo de 2011

BAJO EL PUENTE

Crónica Literaria

Por: Tatiana Ramírez


El frío cubre la angustia de Gonzalo cuando las calles al oeste de la ciudad de Cali duermen solas a las 9 p.m. mientras él se abriga con la soledad.

Bajo el puente de Santa Librada está su humilde cama hecha de harapos y cartones que acomoda todas las noches para intentar reparar sus miedos y sus sueños más inverosímiles. Se recuesta en el cartón dando su espalda a quien pase por su lado para cubrir su rostro con una cobija, así logra pasar desapercibido cada vez que ve cruzar la indiferencia en los rostros de aquellos transeúntes. Con el pasar de los días, aprendió a memorizar los perfiles de aquellos que hacen el recorrido todas las noches cuando se dirigen a la estación del MIO de Santa Librada; punkeros, rockeros, emos. Él ya no sabe cuál es la gran diferencia entre los unos y los otros, solo sabe diferenciar a la gente normal, esas personas a las que alguna vez llegó él a parecerse.

Viste prendas que no son de su talla y usa por necesidad, se las han regalado personas compasivas de los barrios que recorre todos los días. Ya la barba cubre completamente su rostro, los kilos que había subido ahora solo son un recuerdo más de su vida pasada, la delgadez marca; sus costillas, sus brazos y sus piernas. Su olor; no es difícil de describir, es tan fuerte e insoportable para quienes están cerca, pero ya aprendió a convivir con el.

A veces come lo que encuentra en la basura o vive de la misericordia de la gente recibiendo limosnas, en este mundo tan grande para muchos y pequeño para otros. Sus actos lo llevaron a vivir en carne propia lo que alguna vez criticó con ironía: “La mendicidad”.

En el pasado, Gonzalo era un señor de carácter fuerte, serio y responsable, que hacía el papel de mamá cuando su esposa estuvo fuera del país. Su historia comenzó una la noche del 25 de noviembre de 2009, al recibir invitaciones de sus amigos para tomarse unos cuantos tragos de aguardiente. Lo que empezó por una simple reunión de amigos terminó convirtiéndose en su pasatiempo de todos los viernes, motivo que fue alejando de su corazón a su amada esposa, convirtiendo su nido de amor en una casa infernal donde las llamas no logran apagarse, hasta que consigue llegar al final del túnel y ver de nuevo una luz brillando en medio de un pequeño agujero.

Robaba a su esposa cada que quería y podía, no le importaba que fuera; Joyas, vestidos traídos de Europa, electrodomésticos e incluso los pocos ahorros que tenían para pagar servicios y el alquiler de la casa donde vivían en aquel tiempo.

Ya nada a él le importaba, su adicción al licor iba en aumento, como aumentaban también los robos. Se cruzaba de brazos todas las tardes mientras su esposa Graciela trabajaba sin descanso en un colegio como docente en su regreso a Colombia después de haber vivido largos años al norte de Europa; en Dinamarca, cuando buscaba un mejor futuro para sus hijos y su esposo. Ella tan trabajadora y sumisa, no aguantó más sus insultos, los golpes que le daba todos los días en las noches cuando regresaba a casa a la madrugada y la besaba a la fuerza con su aliento de borracho.

Un día por fin, ella decidió ponerle un alto al asunto al empacar en una maleta todas las prendas de vestir de su esposo y echarlo a la calle como si fuera un perro salvaje que alguna vez fue domesticado.

La extraña sensación de estar fuera y verse sin nada, le quitó la borrachera esa noche, solo lloraba y le pedía a gritos a su esposa que abriera la puerta, algo que con dolor y lágrimas en sus ojos, no hizo.

Y así se fue Gonzalo esa noche, en una caminata sin rumbo, al poco tiempo fué robado por los mendigos por los que llegó a sentir total indiferencia, luego empezó a ser parte de ellos, de ese mundo oscuro que muchos desconocen o no se atreven a cruzar pero que él tuvo que cruzar por obligación. Con el tiempo olvidó exactamente que día era después de recorrer las calles solitarias de la ciudad durante años, meses, días, minutos, segundos hasta quedarse sin nada, sin importarle más su vida miserable.

Hoy solo puede ser un fantasma que sigue vistiéndose de indiferencia para los demás, el que a veces duerme bajo el puente de santa librada o donde le coja la noche.

Cali, Colombia. © Derechos Reservados – 2011.

3 comentarios:

Puskas dijo...

Hola! Mil gracias por "seguirme"...me gustó esta crónica, es complejo el tema de la indigencia y la indiferencia por las personas que viven en esta condición...no te voy a decir 2no me tomo uno más...", pero creo que vale la pena reflexionar al respecto. Te cuidas!

Tatik7 dijo...

Gracias Puskas, espero leerte en cuanto tenga más tiempo. Te envio un abrazo grandote ;).

Jesús Ramón Cruz Frias dijo...

Una pena lo que les sucede a estas personas, ellos son acompañados por hisotrias en ocasiones muy tristes. Aquí en donde vivo Cd. Obregón Sonora México vi el reportaje en TV de un señor que vivía debajo de un árbol, un señor de edad avanzada. Nunca se casó ni tuvo familia. Se fue de su casa muy joven a trabajar y así lo hizo por muchos años pero sin seguridad social. Un día lo despidieron y comenzaron sus problemas. Ya no tuvo para pagar la renta ni la comida. Sin familiares sus amigos lo asistieron al principio pero terminaron echándolo de sus vidas. Emigró buscando una mejor vida hacia el norte pero se quedó en Obregón en la estación de ferrocarril. Debajo de un árbol de una plaza contigua juntó cartones e hizo un lecho para dormir. Los policías lo dejan vivir allí porque está viejo y la plaza ya no es céntrica. Me partió el corazón verlo primero que se quebrar su voz y luego llorar cuando la reportera le preguntó si estaba triste a veces, si se sentía solo. Cómo quisiera que Dios no permitiera que pasaran estas cosas en nuestra sociedad =( . A raíz del reportaje mucha gente lo ayudó y le consiguieron asistencia en un asilo, no va a estar con su familia, pero buenos amigos pueden llegar a ser como una familia. Gracias por el tema de reflexión, por eso no hay que quejarse de lo dura que puede ser a veces la vida. saludos!!!